Diamantes de la vida, un tesoro de beneficencia


Los llamaban diamantes de la vida, grandes gemas en bruto, de la mejor calidad, que los judíos ricos de Europa Oriental compraron en las primeras décadas del siglo XX como protección, un pasaporte a un refugio seguro y a una vida nueva cuando vinieran los días de persecución.

Todo cambio en 1939 cuando el Tercer Reich invadió Polonia y después los Balcanes y la Unión Soviética. En los territorios que los nazis ocuparon en Europa Oriental, y sobre todo en sus campos de exterminio no hubo diamantes de la vida, sino de la muerteCuarenta de ellos habían viajado de las minas de Sudáfrica a los centros de comercio de gemas de Amsterdam y Amberes, de allí a las ciudades guetos y poblaciones judías de Europa Oriental y, por último, a los campos de concentración de la región, donde los nazis se los arrebataron a los prisioneros y a los que ya fueron muertos.

Todas las piedras preciosas fueron nuevamente enviadas a Holanda, así como a Estrasburgo. Cerca de está ciudad, situada en Francia, en la frontera con Alemania, dos soldados estadounidenses tras una meditada emboscada consiguieron arrebatar a la policía política nazi, el preciado botín. Ante el peligro de ser descubiertos, enterraron las innumerables gemas en una trinchera, para quizás volver un tiempo más tarde,…en realidad permanecieron durante más de medio siglo.

Esta es la historia de esos diamantes, que fueron recuperados y cómo volvieron a transformarse, esta vez de maldición en bendición, de despojos de muerte en símbolos de vida.

Durante el verano y principios del otoño de 1944, el séptimo Ejercito de los Estados Unidos y sus aliados franceses avanzaron hacia el norte por el valle de Ródano. En diciembre, la unidad de Samuel Nyer llegó a los Vosgos, macizo montañoso de unos 200 kilómetros de largo poblado de bosques de pinos. El frío se recrudeció tanto como la resistencia alemana. Comenzaba uno de los inviernos más rigurosos en 40 años.

En las montañas la unidad de Nyer estaba casi a cero grados, y la nieve llegaba a las rodillas. La lucha era cuerpo a cuerpo. Aunque Nyer era un joven de ciudad, estaba entrenado como soldado de avanzadillas, es decir, como explorador capaz de atravesar las filas enemigas para obtener información de toda su situación. Era un trabajo peligroso, y muchos de sus compañeros habían perdido la vida, casi siempre a manos de francotiradores alemanes.

Para la peligrosa tarea solía asignarse una pareja de exploradores. El último explorador asignado a Nyer sustituyendo al anterior malogrado, era un morenito bajito llamado Tommy Delion, una persona muy hábil para rastrear y recorrer grandes distancias, según Nyer una decisión acertada.

Alrededor del año nuevo de 1945, Nyer y Delion se adelantaron al grueso de la tropa, y poco antes de la medianoche llegaron a la muralla de un pueblo cercano a Estrasburgo. Tenían orden de cruzar un pequeño puente que había sobre un canal, y encontrar una brecha en la muralla. Pero en cada extremo del puente había un artillero alemán con una ametralladora, como no disponían de armas equivalentes se deshicieron de ellos con mucho sigilo. Una vez despejado el puente, la pareja de exploradores descubrieron un agujero en la muralla y se introdujeron en él. Al cabo de unas horas, los alemanes aún tenían en su poder la mitad del pueblo, pero como a ambos se les estaba terminando las municiones, se replegaron para reagruparse.

Con el pueblo en un silencio sepulcral, Nyer y Delion avanzaron por las calles principales sin despegarse de los edificios, sin hablar, comunicándose con gestos, silbidos y señas. A mitad de una de las calles, Tommy advirtió a alguien a la vuelta de la esquina, al parecer un oficial entrando en un edificio con un pesado maletín de roble. Tommy se acercó y al mirar por una rendija vio a tres oficiales dentro. Inmediatamente sacó una granada del cinto y la arrojo al interior…A los pocos segundos se oyó la detonación seguida de gritos y quejidos.

Tras un inquietante tiempo de silencio, decidieron entrar. En el fondo de la habitación había una pared cubierta con cajas de seguridad, a la izquierda una hilera de mesas, a la derecha una enorme caja fuerte con ruedas, tiradores y manijas y en el suelo, los cuerpos de los tres oficiales muertos. No eran simples soldados de la Wehrmacht, que tan acostumbrados estaban a ver por esa zona, sino mucho mayores, llevaban uniformes negros con una calavera y huesos cruzados. Sin lugar a dudas, agentes de la SS.

Algunas cajas de seguridad estaban abiertas. Al lado de uno de los agentes muertos estaba el maletín de tejido de alfombra, de color marrón. Había una inmensa fortuna en esa pequeña habitación.

Acto seguido en la calle comenzaron los disparos y explosiones, por lo visto las tropas francesas comenzaban a marchar por las calles del pueblo. Nyer se quedó mirando la maleta que estaba a reventar de bultos, y finalmente la recogió del suelo y salió corriendo con ella.

Nyer y Delion habían tropezado con un botín de guerra de los nazis, valores que se habían arrebatado a judíos de Europa exterminados en los campos de concentración, y que las SS guardó en depósitos privados de Estrasburgo y sus alrededores.

Más tarde ese mismo día, cuando las tropas cesaron los combates, los dos soldados se refugiaron detrás de un muro para inspeccionar el maletín. Había rollos de oro batido y monedas de plata, copas de ambos metales, bolsas de joyas y un estuche de madera con un servicio de mesa de oro. Pero tras un falso forro, sacó una bolsa de piel del tamaño de un balón de fútbol, tenía impresas unas letras doradas, Tommy abrió la bolsa y había 40 piedras grandes, blancas como la nieve, algunas del tamaño de una avellana, y otras como nueces.

Soñaban con la vida que se darían al acabar la guerra, convencidos de que así había algo por lo que valía la pena vivir. Pero era imposible llevar consigo el maletín, así que decidió coger la bolsa y en ella meter la mitad de las piedras y se las guardó en el bolsillo del pantalón y atadas al cinto. Delion hizo lo mismo….Parecían ridículos, un par de muchachos flacos con una protuberancia gigantesca en el bolsillo. El resto, esa misma noche se reunieron detrás de una iglesia con otros soldados de su compañía, y cada uno cogió algo.

Todas las noches después de la peligrosa jornada, buscaban un lugar seguro donde contar los diamantes y soñar con la vida que iban a darse cuando terminara la guerra.

Pero los diamantes eran un peligro porque entorpecían la marcha. Una de las noches en la trinchera, Nyer decidió que era hora de esconder los diamantes. Tenía la cadera en carne viva por el constante roce de la bolsa de piedras contra su cuerpo, cada vez que caía al suelo se llevaba un fuerte golpe, pero lo peor es que estaban resultando una carga demasiado pesada, y si querían salvar la vida debían andar ligeros para poder desplazarse con rapidez.

Tras encontrar el lugar idóneo pasaron casi toda la noche escarbando, a fin de cuentas tan solo portaban una paleta y un cuchillo. Al amanecer habían llegado a casi un metro de profundidad, juntaron los diamantes y allí los enterraron. Nyer pensó que en cualquier momento podían volver a desenterrarlos, cuando se permanece mucho tiempo en un mismo sitio y no se hace más que observar el paisaje a todas horas, se sabe como llegar allí.

Pero en una guerra sin tregua la suerte solo acompañó a Samuel Nyer, y Tommy Delion murió abatido por la metralla de un proyectil alemán al día siguiente, justo en el lugar del enterramiento.

El pasar los años pudo borrar casi todos sus malos recuerdos de la guerra, pero nunca olvidó los diamantes. Se decía una y otra vez que algún día volvería a la trinchera a por ellos. Quería recuperarlos para hacer alguna obra buena con ellos, estaba convencido de que era un pecado no buscarlos.

Para hacerlo, a mediados de los años setenta viajó a Europa con su hijo Kenneth, fueron en coche a uno de los antiguos campos de batalla. Al bajar del coche comenzaron a caminar y al instante vinieron a la cabeza los recuerdos de la guerra, los muertos, el sufrimiento, los rostros de sus amigos,…le resultaba demasiado doloroso, no podía continuar. Regreso a su país y no hizo más intentos por recuperar los diamantes.

Pero en 1998, Yaron Svoray, ex agente del Yamar, el equivalente israelí del FBI, el hombre que escuchó su historia y se la grabó en el corazón fue quien finalmente, encabezaría una nueva búsqueda. Svoray dedicó años enteros a planear la búsqueda. Estudió la historia de los diamantes, consiguió mapas de Francia y Alsacia-Lorena, le hizo cientos de preguntas a Nyer para comprobar detalles y, con grandes esfuerzos, reunió el dinero que necesitaba para ir a aquella remota trinchera en los bosques de Europa. En 1993 ya había hecho nueve viajes, casi todos financiados por él mismo, sin ningún resultado. En varias ocasiones estuvo a punto de rendirse.

La mañana del 10 de julio de 1999, el grupo de búsqueda se reunió en un promontorio que dominaba el río Blies, en la sinuosa frontera entre Francia y Alemania. Tras una batida a una serie de tres pozos, y al no encontrar nada volvieron a cambiar de lugar. En esos momentos fue cuando Svoray sintió el impulso de subir una pequeña elevación situada a unos 200 metros de allí. Cuando faltaban unos 15 metros para llegar a la cumbre, se detuvo,…ante sus ojos había un pozo intacto que debía de estar en el invierno de 1945, un poco cuesta abajo en un lado había otra depresión, un cráter hecho por la explosión de un proyectil y un tronco caído hacía mucho tiempo. Svoray recordó el relato de las peculiaridades del lugar descritas con minuciosidad por Samuel Nyer, sobre todo cuando el proyectil había estallado cerca de la trinchera y la metralla que salió despedida acabó con la vida de Tommy Delion. En ese preciso momento supo que lo había encontrado.

Poco después Svoray llamó por teléfono a Nyer,…“Tengo una noticia que darle, y es mejor que este sentado, hemos encontrado los diamantes“. “Se acuerda de lo que me prometió hace mucho, al empezar la búsqueda?, que si encontraba los diamantes los donaría a la beneficencia“, fue una promesa, así que todos los diamantes se destinaran a la beneficencia“.

Yaron Svoray es un autor  y periodista de investigación de las infiltraciones de la Alemania Neonazi, la historia de los diamantes fue documentada en su libro, titulado “La sangre de una piedra“.

En la actualidad Svoray ha encontrado un vertedero de restos de bienes judíos saqueados durante Krystallnacht, cerca de Berlín. El vertedero, situado en un bosque de Brandeburgo, es del tamaño de cuatro campos de fútbol y se cree que contienen una amplia gama de artículos de uso personal y ceremoniales, aunque sólo un pequeño número de artículos se han desenterrado hasta ahora. Muchos son los tesoros ocultos que enterraron los judíos deportados,…y muchos son los que vuelven a rescatar sus joyas de valor.

Información y fotos extraídas de La sangre de una piedra, …uno de los libros del baúl.

Más en Wikipedia, y en Jewish Sihgtseeing

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11 pensamientos en “Diamantes de la vida, un tesoro de beneficencia

  1. Pingback: Diamantes de la vida, un tesoro de beneficencia | Jonéame

  2. Dada la procedencia de los diamantes, creo que su conciencia no les habría permitido dormir tranquilos.
    La beneficencia fue el mejor destino para estos diamantes teñidos de sufrimiento y dolor.

    Un saludo

  3. exelente historia que demuestra una vez mas que en las guerras, nunca faltan los sinverguenzas como los cerdos nazis de las ss.

  4. Excelente! Hace un tiempo que te sigo y, aunque hasta ahora no me había animado a comentar, hoy lo hago para felicitarte por este articulo y por el blog en general. Excelente y muchas gracias por estas historias que nos traes!

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