La gran broma universitaria de todos los tiempos

junio 27th, 2010 § 22 comentarios

A las 6 de la mañana del domingo 8 de junio de 1958, un madrugador jardinero de la prestigiosa universidad de Cambridge, quedó enormemente sorprendido a la vista de un extraño espectáculo. En las empinadas pizarras del tejado de la biblioteca Seely, a unos 26 metros de altura, se encontraba estacionado increíblemente un viejo automóvil Austin Seven como caído del cielo.

Nadie daba crédito a lo sucedido, encaramado en una azotea inaccesible, como si tratara de cruzar la línea del horizonte, se encontraba el misterioso vehículo de color negro. ¿Pero como ha podido llegar hasta ahí?.

Una multitud de curiosos se reunieron en el asombro de ver el coche y como las autoridades trataron y fallaron numerosas veces, en la construcción de una grúa con que poder bajar el vehículo. Policías, bomberos y unidades de defensa civil, lucharon durante casi una semana para poder bajar el viejo Austin a tierra firme. Las autoridades no dudaron en ningún momento de que todo había sido producto de una gamberrada estudiantil, eso si, enormemente ingeniosa. El espectáculo fue noticia en todo el mundo.

Como es posible que un montón de profesionales tarden una semana en conseguir bajar el vehículo y casi despedazado, y éste aparezca completamente intacto de un día para otro en lo alto de la biblioteca Seely. Un gran dilema que rondaba las cabezas de medio mundo.

Un misterio que desconcertó durante mucho tiempo historiadores universitarios y universitarios por igual. Probablemente fue la broma estudiantil más ingeniosa de todos los tiempos y también la más misteriosa.

Tuvieron que pasar cincuenta años para encontrar la explicación a la ingeniosa broma.

En una cena de aniversario del grupo de estudiantes de ingeniería, se reunieron para revelar sus identidades y explicar como el Austin Seven había sido izado a lo alto de la universidad de Cambridge. El cabecilla, Peter Davey reveló que había ideado el plan durante su estancia en las habitaciones de la zona Gonville and Caius con vistas a la azotea.

Peter y 11 estudiantes formaron el equipo de la gran broma universitaria….Divididos en varios grupos, el primer grupo de arrastre desplazó el Austin Seven por Cambridge hasta el aparcamiento cercano a la biblioteca Seely, alegando a los inoportunos que encontraban en su camino, que iba a ser utilizado para pegar carteles de publicidad de noticias universitarias.

Peter Davey, que ahora tiene 74 años eligió la semana final de mayo, cuando la actividad de transeúntes es casi nula, una semana perfecta para realizar todo tipo de golpes con toda tranquilidad. Así que durante la tranquila semana, el segundo grupo se dedicó a alzar una rudimentaria grúa construida a partir de andamios postes y cables de acero sobre el empinado techo de pizarra.

Un tercer grupo pasó una tabla que ayudó a la elevación,  a través de una brecha situada entre el techo y una torrecilla de la ventana Caius, conocida como el Salto del Senado… Como equipo de transbordo, tres tipos de cuerdas, ganchos y poleas.

Los vigilantes, que posteriormente reconocieron haber escuchado un misterioso alboroto por encima de ellos, fueron distraidos en última instancia por unos conductores temerarios que se encontraban en la zona, tres remeros borrachos que serpenteaban de manera temeraria por la zona del campus. Pero realmente fueron los esfuerzos de dos bellas estudiantes que presentaron el mayor ingenio al tratar de guardar el descubrimiento de la broma estudiantil. Habían sido enviadas con sus cortitas faldas por el ingenioso Davey para distraer a todos los transeúntes sin excepción….El terreno estaba completamente despejado.

Sin embargo, la broma estuvo a punto de fracasar al ser izado. Se les había olvidado instalar una cuerda que ofreciera una línea de verificación que mantuviera estabilizado el vehículo, debido a ello, el Austin Seven se desplazó ligeramente golpeando en una de las cornisas y en varias zonas del techo. Casi estuvo a punto de fracasar y convertirse en una tragedia, o por lo menos en un desastre.

Una vez arriba, temerosos de ser descubiertos, el equipo de elevación se apresuró a empujar el vehículo hasta el mismo vértice del tejado. Rápidamente desmontaron todo el equipo de ingenio, y huyeron a través de unos puentes de tablas perfectamente colocados previamente y que les llevaría a una de las habitaciones de la zona Gonville…Desde ahí, piernas para que os quiero.

En la mañana del domingo 8 de junio ante el asombro de todos, comenzó a fraguarse la más ingeniosa y misteriosa broma estudiantil de todos los tiempos.

El entonces decano el fallecido Hugh Montefiore Rev, tuvo en todo momento una ligera idea de quien era el responsable, envió una felicitación junto con una caja de champagne a los chicos de la zona Gonville and Caius, aunque en público mantuvo siempre que no sabía nada de los culpables….La misteriosa leyenda del Austin Seven negro de la Universidad de Cambridge duró 50 largos años.

Los bromistas reunidos dijeron que su único pesar era que el coche no se dejara en ese lugar para siempre.,,como símbolo estudiantil.

Algunas bromas más surgieron décadas más tarde. En el 2002 un asiento de inodoro fue colocado por un estudiante en una de la torres, permaneciendo varias semanas allí, rescatado finalmente por profesionales que escalaron el edificio.

Y como última tentativa, a finales de noviembre de 2009 sombreros de Santa Claus fueron colocados en cada una de las torres de la capilla de Kings College, nuevamente el colegio tuvo que recurrir a los costosos profesionales de escalada.

Muchos de los responsables del grupo pasaron a disfrutar de carreras distinguidas y oficios de prestigio, porque en realidad como comentó el Sr. Peter Davey, doctorado Honoris Causa y experto en automatización y robótica, “todo fue una alocada y desafiante broma estudiantil“.

Más información en Wikipedia, en Gonville College, en Telegraph y en Daily Mail

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El incordiante picamaderos de Cabo Cañaveral

junio 19th, 2010 § 33 comentarios

De ordinario, las personas que visitan por primera vez el centro de actividades espaciales de Cabo Cañaveral, se llevan una inesperada sorpresa. En la pared norte de la plataforma de lanzamiento, existen unos dibujos estarcidos allí de la misma manera que los pilotos dibujaban en sus aviones durante la guerra los aparatos enemigos derribados, éstos en cambio muestran el lanzamiento de numerosos cohetes de los vehículos de lanzamiento Thor.

Y cual es la inesperada sorpresa?

Pues que entre todas esas ilustraciones aparece la de un pajarillo carpintero de cresta roja. Un picamaderos que existe como recuerdo de uno de los más complicados problemas de ingeniería que hayan confundido jamás a los hombres de ciencia dedicados a la conquista del espacio.

La batalla comenzó en octubre de 1962, unas tres semanas antes de la fecha elegida para lanzar un cohete Thor Able Star. Cuando inesperadamente esta pequeña ave se prendó del cable umbilical del proyectil, el cual consiste en un haz de conductores, que protegidos por una envoltura de aluminio, transmiten energía a los sistemas secundarios del cohete antes de su lanzamiento.

Este pájaro loco, ascendió poco a poco por el cable hasta que halló un cómodo lugar, a unos 25 metros del suelo en la plataforma de lanzamiento. Acto seguido comenzó a picotear alegremente hasta lograr perforar la envoltura y llegar al alma del cable. Tras ser detectado el fallo algunos de los obreros subieron a la plataforma y repararon el desperfecto. Pero dos días más tarde, los técnicos consternados advirtieron que el picamaderos había abierto otro agujero. Oficiales de la fuerza aérea y fabricantes de cohetes comenzaron a exprimir sus mentes sobre la manera de expulsar al indeseable inquilino.

Probaron sin éxito una sonora bocina y unas campanas. El carpintero proseguía su trabajo sin parar a pensar en los ruidos exteriores,… mientras abajo, el mundo millonario de la Ciencia se enconaba los ánimos y aumentaba a dosis agigantadas el cólera.

Como en cabo Cañaveral está prohibido disparar armas de fuego, se desechó la idea de recurrir a ellas. Cuando también falló el intento de electrocutar al carpintero, los científicos llegaron a la conclusión que era menester emplear medios más sutiles.

A falta de un experto en aves, llamaron al entomólogo del Cabo, quien aconsejó poner una botella de anhídrido de carbono cerca de los huecos excavados. Al parecer esto le sirvió de estimulante pues siguió con sus labores de picoteo incluso con más rapidez…Tras un nuevo fracaso se decidió buscar ayuda fuera de la base, preguntando a la compañía de luz y energía electrica de Florida, que métodos utilizaban para evitar que los pájaros carpinteros agujerearan los postes eléctricos. Estos respondieron que aplicaban a los postes una mezcla de arsénico y un compuesto químico derivado del alquitran. Pero irremediablemente esta solución no se adhería a la resbaladiza superficie de aluminio de la envoltura del cable…un nuevo fracaso.

Cuando ya parecía que el carpintero se había constituido en la suprema autoridad del Cabo Cañaveral, los ingenieros del espacio echaron en mano la inventiva por la cual son famosos. Amarraron al cable, justamente debajo del orificio, una botella de aire comprimido a alta presión, unida por medio de un alambre a la séptima plataforma de la torre de lanzamiento.

Cuando el desapercibido picamaderos se acercó a su agujero para iniciar otra sesión de picoteo, los ingenieros dieron la orden de fuego. Un  chorro de aire comprimido lanzó al incordiante pájaro loco a gran altura en la atmósfera, en la misma dirección que toman todos los cohetes, es decir hacia el este.

El pobre pájaro asustado se bamboleó pero rápidamente se enderezó emprendiendo vuelo hasta perderse de vista. Afortunadamente para los ingenieros nunca regresó. Habiendo así salvado su buena fama, repararon el daño ocasionado y lanzaron su cohete en la fecha prevista.

Por lo visto, el incordiante picamaderos no fue el único que tuvo en jaque a los ingenieros de Cabo Cañaveral. En febrero de 1995, los directores de la Nasa decidieron retrasar el lanzamiento de la misión STS-70, con el fin de hacer reparaciones a la espuma de aislamiento del tanque de combustible externo. En él, descubrieron docenas de orificios en el material de aislamiento, que debido al papel fundamental que juega el sistema de protección térmica durante el lanzamiento del transbordador, se determinó que las zonas dañadas se debían reparar antes del vuelo.

En la actualidad, y dados los acontecimientos, durante la preparación de los lanzamientos, los cientificos intentar minimizar los daños de una forma un tanto curiosa pero muy tradicional…Nada más y nada menos que con un enorme espantapájaros muy colorista, ni mucho menos para festejar Walloween, sino para evitar que unos simples pájaros carpinteros que cada vez son más numerosos en la zona, puedan entorpecer y retrasar proyectos multimillonarios.

En los preparativos del lanzamiento del transbordador Endeavour, en su misión STS-127, rumbo a la estación espacial internacional, se colocó un gran globo para que estos simpáticos pájaros locos no volvieran acercarse a la zona de lanzamiento.

De momento la medida parece eficaz, aunque quizás algún día les pueda resultar curiosa…y veremos donde acaba el globo y los incordiantes picamaderos de Cabo Cañaveral…

Historia extraída de uno de los Readers del baúl.

Más información en Sciencie, en Prensa espacial, en espace flight y en Enter Firin

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Unas imágenes del sujeto en cuestión…

Un salto en paracaídas a 16 Km. de altura

junio 11th, 2010 § 13 comentarios

Como una película vista en cámara lenta, éste fue el salto en paracaídas desde la mayor altura que se conoce tras un contratiempo. En su momento, los expertos de la fuerza aérea norteamericana dijeron…“ El valiente coronel Nole sobrevivió únicamente porque Dios lo quiso“.

En la tarde del día 26 de septiembre de 1957, el coronel Jack Nole se encontraba a una altura de dieciséis mil metros sobre la base aérea de Laughlin, cerca de la localidad Del Río, en Texas. Estaba probando un aparato U-2 que acababa de ser reparado. Casi tres años antes de que otro U-2 pasara a la Historia al ser derribado cuando volaba sobre la Unión Soviética.

Desde el momento de despegar, había estado enviando por radio informes de rutina sobre el funcionamiento del avión, que entonces era secreto al control de tierra. Continuaba ganando altura…dieciseis kilómetros más abajo podía observar en medio de un sol brillante, las cimas de columnas de nubes cúmulos, mucho más abajo, el hilo de plata del río Grande serpenteaba hacia el Big Bend, mientras que al suroeste, en México, se formaban sombras rojas y azuladas en las llanuras orientales de Coahuila.

Súbitamente la proa del avión empezó a inclinarse., no hubo sonido alguno, ningún aviso que pudiera orientar al coronel Nole. Ante tal contratiempo tiró de la palanca hacia él tratando de enderezar otra vez el aparato, pero el mecanismo no obedeció y el avión siguió hundiendose de proa. En el extremo izquierdo del tablero de instrumentos, el indicador de posición de alerones revelaba que éstos estaban completamente vueltos hacia abajo, sin que el piloto hubiera maniobrado para ponerlos en semejante posición. Posteriormente se descubrió que el agua de la lluvia se había introducido en un interruptor, había oxidado los contactos y había provocado un corto circuito.

El coronel Nole se dio cuenta inmediatamente del peligro y gritó al control de tierra…“Estoy en un aprieto, en un verdadero aprieto“.

En un momento de incertidumbre decidió apagar el motor, abrir las compuertas de vuelo en picado y bajar el tren de aterrizaje con el fin de disminuir la velocidad, pero el avión ya caía verticalmente y hasta empezaba a dar una vuelta de campana. En aquel instante se desprendió toda la sección de cola, automáticamente Nole describió al control de tierra lo que estaba sucediendo,…a traves de los auriculares le llegó la orden…“ Salte en paracaídas“,…“Y qué otra cosa se imaginan que estoy tratando de hacer?“, respondió Nole.

Al apagar el motor, el traje de presión, muy ajustado a la piel, se había inflado por haber descendido la presión de la cabina y dificultaba los movimientos. Fueron unos instantes de máxima tensión ya que en cualquier momento podrían desprenderse las alas y desintegrarse el resto del fuselaje.

Aquellos primeros aviones U-2 no disponían de asientos para el lanzamiento automático del piloto en caso de emergencia, así que primero era preciso desconectar los tubos de oxigeno y los alambres de la radio y la calefacción, después había que desabrochar el cinturón de seguridad y las correas de los hombros, luego quitar el seguro de las manijas del pabellón y arrojar éste afuera,…y finalmente había que esforzarse para poder salir de la estrecha cabina, luchar contra la corriente de aire y saltar.

Todos estos preparativos ocuparon unos cincuenta segundos, mientras el avión giraba locamente haciendo el rizo una y otra vez. La cuarta vez que el avión quedó invertido, el paquete colgante de salvamento se le enganchó justo al borde de la cabina, fue un instante que pareció una eternidad, pero por fin consiguió desenredarlo de su cuerpo, y cuando el avión volvió a enderezarse para iniciar otro rizo, …fue lanzado al espacio.

El coronel Jack Nole se encontraba solo en la estratosfera, a 16 kilómetros de altura. En esta zona, la atmósfera está tan enrarecida que la vida humana no es posible sin la ayuda del oxígeno a presión. Pasada la primera prueba terrible, le quedaba otra…

Dentro del traje de presión había una válvula verde, del tamaño de un limón, para conectar el suministro de oxigeno de urgencia que es parte del equipo, Nole sabía que estaba allí, pero no la encontraba. Metido en el estrecho traje hermético y mirando a través de la máscara, notó que comenzaba a nublarse la vista, el nervio óptico no recibía suficiente oxigeno. En una lucha por librarse de los obstáculos en el avión, había consumido el poco aire que encerraba el traje de presión.

En esos momentos de máxima tensión entre la vida y la muerte, comprendió que tenía dos alternativas.

La primera consistía en dejarse caer hasta que el paracaídas se abriese automáticamente a los cuatro mil trescientos metros de altitud preestablecida, pero tardaría más de dos minutos en caída libre en recorrer esa distancia de casi doce kilómetros,…existía la posibilidad de que para entonces se hubiera asfixiado.

Y la segunda era abrir en seguida el paracaídas a mano, pero no se había saltado nunca en paracaídas desde esa altura, y el índice de mortalidad en saltos desde mucha, pero mucha menos altura era elevadísimo. En unos pocos segundos de descenso a través de una atmósfera enrarecida, desde dieciséis mil metros de altura, un cuerpo puede adquirir una velocidad de 600 kilómetros por hora, y un paracaídas que se abre repentinamente para contrarrestar ésta enorme velocidad, probablemente quedará hecho trizas, o, si no se destroza, daría un tirón tan violento que le rompería al piloto el espinazo.

En un verdadero aprieto y con difícil pronostico de solución, el valiente coronel Nole con la vista nublada, agarró la anilla de la cuerda de emergencia del paracaídas y tiró de ella…

Esperaba un tirón violento, pero no hubo tal. El paracaídas se hinchó suavemente, como un hongo milagroso. Una vez abierto, pudo encontrar con facilidad la válvula de oxígeno y tomar una porción salvadora. Con la primera bocanada se le iluminó nuevamente la cabeza. Aunque todavía no había pasado el peligro.

Al iniciar el descenso, comenzó a bambolearse como un péndulo gigantesco, a cada oscilación temía que el aire se saliera por el borde superior del paracaídas, se desinflara el artefacto y le dejara caer como una piedra.

Con el esfuerzo de tratar de detener aquel movimiento pendular, la vista comenzó a fallarle otra vez, la provisión de oxigeno de emergencia se había acabado, era indispensable obtener aire exterior.

Con mucho trabajo y torpe por la falta de oxigeno, se quitó la mascara, y aun en aquella altura, una buena bocanada de aire restableció el equilibrio mental. Durante medio minuto estuvo horriblemente mareado, había sido sometido a una fuerte tensión nerviosa.

Entre los diez mil y los nueve mil metros de altitud, tres pilotos de otros aviones U-2, dieron vueltas alrededor. El coronel Nole ligeramente recuperado agitaba los brazos para advertirles de su presencia, pero estaban demasiado lejos para distinguir sus ademanes. Después se supo que los tres habían informado por radio a la base que no daba señales de vida.

Al acercarse a tierra seguía oscilando locamente, y habría podido tomar tierra de espaldas o de cabeza con un tremendo golpe, pero la suerte, o la Providencia no le había abandonado aún.

Descendió precisamente sobre una colina de Texas que tenía en un lado una roca plana. Al pasar a la deriva sobre la colina, su cuerpo oscilo hacia atrás y el equipo se enganchó en la roca, con lo cual descendió suavemente a tierra. La alegría era enorme, un verdadero milagro de la Providencia. Se desabrochó las correas y subió a la cima de la colina en el momento en que un helicóptero aterrizaba en un lugar cercano. El piloto lo miró como si viera un aparecido que llegara de ultratumba, y en cierto modo, así ocurrió, como una agónica película vista en cámara lenta, con un afortunado final feliz…

A consecuencia de este episodio, la fuerza aérea hizo varias modificaciones al U-2. Se instaló en él un asiento de lanzamiento automático y un dispositivo para desconectar rápidamente las conexiones de oxigeno, radio y calefacción. Hoy en día el piloto sólo tiene que hacer funcionar el disparador de lanzamiento, con lo cual funciona inmediatamente el abastecimiento de oxígeno de urgencia, se desconectan todas las conexiones del traje a presión y se abre el pabellón. Incluso los paracaídas tienen un diseño especial para evitar las oscilaciones excesivas.

En el hospital de la fuerza aérea los médicos reconocieron y comprobaron que no había sufrido ni un rasguño. Desde el momento en que fue lanzado del avión hasta que tocó tierra, había estado veintidós largos e interminables minutos en el espacio. Los técnicos dijeron que la caída debía haber durado más de treinta y tres minutos, pero que las enormes oscilaciones habían hecho perder aire en los extremos de cada arco, y por eso había bajado rápidamente hasta las zonas donde es posible respirar. No se puede menos que concluir, que el Coronel Jack Nole sobrevivió únicamente porque Dios lo quiso…

Para hacernos una idea de la magnitud del salto del coronel Nole, aunque en situación completamente distinta, cabe decir que el 16 de agosto de 1960, un capitan de la USAAF llamado Joseph Kittinger, subió a un globo a una altura de nada más y nada menos que 32 kilómetros sobre el nivel del mar, aproximadamente tres kilómetros en la estratosfera.

Con temperaturas en torno a los 90 grados bajo cero, y después de un largo ascenso de noventa y un minutos, salió del globo y se lanzó.

Kittinger fue parte del proyecto Excelsior, unas pruebas dirigidas por el gobierno estadounidense para el estudio de un nuevo sistema de paracaídas, bien financiado en su momento por las hostilidades de la guerra fría. Tres fueron los intentos del capitán de la USAAF, en su tercer y último descenso, registró una caída libre de cuatro minutos y treinta y seis segundos, alcanzando una velocidad máxima de 614 pmh., casi 275 metros por segundo hasta la apertura del paracaídas. El descenso completo le tomó 13 minutos y 45 segundos.

Extraído de los interminables volúmenes de readers 1964 ,del baúl.

Más información en Dreamland,  en Stratocat y en Wikipedia

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A lo más alto, con Joseph Kittinger

 

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