Dr. Holmes, un don Juan con olor a muerte


Herman Webster Mudgett, mas conocido como el Dr. Holmes, fue un asesino en serie que capturó, torturó y asesinó a unos doscientos huéspedes en su hotel de Chicago, un lugar que se le llegó a conocer con el nombre de “The Murder Castle”, el castillo de la muerte.

Nació en Gilmanton (Estados Unidos) en una honrada y muy puritana familia de New Hampshire. Muy pronto manifestó hacia las mujeres, sobre todo hacia las mujeres con fortuna, un interés poco corriente que lo enmarcaría como un Don Juan del crimen.

Para construir su castillo el Dr. Holmes recurrió a varias empresas. Estas nunca eran pagadas e interrumpían pronto sus obras. De esa manera, el propietario era el único en conocer detalladamente un edificio cuyo extraño arreglo habría podido suscitar la curiosidad.

La exposición Universal de 1893 se estaba preparando y debía atraer a Chicago multitud de mujeres guapas, ricas y solas. Ingeniosamente, Holmes decidió por lo tanto aprovechar aquella situación. Gracias a una serie de hábiles estafas adquirió un terreno y emprendió la construcción de un enorme hotel con aspecto de fortaleza medieval, cuyos arreglos de los interiores se encargo el mismo de detallarlos.

Cada una de las habitaciones de aquel extraño hotel, estaba provista de trampas y de puertas correderas que daban a un laberinto de pasillos secretos desde los cuales, por unas ventanillas visuales disimuladas en las paredes, el doctor podía observar a escondidas el vaivén de sus clientes y sobre todo de “sus clientas”.Disimulada bajo el entarimado, una instalación eléctrica perfeccionada le permitía por otra parte seguir en un panel indicador instalado en su despacho el menor desplazamiento de sus futuras víctimas. Con sólo abrir unos grifos de gas, podía finalmente, sin desplazarse, asfixiar a los ocupantes de unas cuantas habitaciones.

Un montacargas y dos “toboganes” servían para hacer bajar los cadáveres a una bodega ingeniosamente instalada, donde eran, según los casos, disueltos en una cubeta de ácido sulfúrico, reducidos a polvo en un incinerador o simplemente hundidos en una cuba llena de cal viva.

El Holmes Castle fue terminado en 1892 y la exposición de Chicago abrió sus puertas el 1 de mayo de 1893. Durante los seis meses que duró, la fábrica de matar del Dr. Holmes estuvo a pleno rendimiento. El verdugo escogía a sus “clientas” con mucha precaución. Tenían que ser ricas, jóvenes, guapas, estar solas y, para evitar las visitas inoportunas de amigos o familiares, su domicilio tenía que estar situado en un estado lo más alejado posible de Chicago.

Con el final de la Exposición, las rentas del hotel acusaron una caída brutal, y Holmes se encontró pronto corto de dinero. El medio más sencillo que imaginó para procurarse ingresos fue incendiar el último piso de su inmueble y reclamar a su asegurador una prima de 60,000 dólares, sin pensar un instante que la compañía podría muy bien hacer una investigación antes de pagárselos.

La policía hizo una investigación. Remontó con paciencia todos los eslabones de la cadena. Holmes confesó primero la estafa a la compañía aseguradora y, ante las pruebas abrumadoras reunidas en su contra, incredulamente declaró haber asesinado a tan solo 27 personas de las 200 que se le imputaron.

Holmes fue condenado a muerte por el Tribunal de Filadelfia y ahorcado el 7 de mayo de 1896, a la edad de 35 años.

Más información y fotos en Tru tv y en The mediadrone

7 pensamientos en “Dr. Holmes, un don Juan con olor a muerte

  1. Está claro que monstruos los ha habido en todos los momentos de la historia. Este, además, era ingenioso y planificiador… No me imagino lo que podría haber hecho hoy en día con más recursos…

  2. Me encanta leer sobre asesinos en serie. No conocía a este tipo y me ha dejado sorprendida. Podría ser perfectamente el protagonista de una novela de Sade.

  3. A mí tambiñen em gusta ver como se las apañas esos ingeniosos asesinos, muy buen post amigo.

  4. Increible, menuda historia tio, vaya elemento el dr. holmes,
    Para hacer una peli, si no la hay echa ya.

  5. Pingback: Paren las máquinas | aveintededos

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