Para un niño siempre hay una madre


No hacía mucho que había concluido la Segunda Guerra Mundial cuando un estudiante de medicina de la ciudad de Innsbruck en Austria se impresionó vivamente al contemplar por primera vez la vida tan lamentable que llevaban los niños huérfanos y abandonados.

Aun siendo bien atendidos en los orfanatos e instituciones similares, estos niños tenían todo lo que sus cuerpos necesitaban y, sin embargo, no se desarrollaban como los demás. Casi todos ellos crecían retraídos, huraños y suspicaces.

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Al comprobar el enorme desamparo de los niños abandonados, Hermann Gmeiner tuvo una magnífica idea: «crear alrededor del niño una nueva familia«.

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